Cautiva(c.1) by Clara Rojas

Cautiva(c.1) by Clara Rojas

Author:Clara Rojas
Language: es
Format: mobi
Tags: Narrativa dramática
Published: 2012-01-27T00:07:32.314320+00:00


19 Emmanuel

El traslado a mi nuevo encierro solitario se produjo a finales de enero del 2004, cuando me encontraba aproximadamente en el sexto mes de embarazo. Me condujeron a un lugar dentro del mismo campamento, pero a las afueras, en el extremo opuesto de donde se encontraban los otros cautivos. Estaba al lado de lo que los guerrilleros llamaban el economato, donde guardan todos los víveres. También había un corral con unas cien gallinas campesinas bien grandes, y una porqueriza con una pareja de cerdos inmensos. Ahí situaron una caleta amplia cubierta con una lona. Tenía espacio para una cama, una mesa, una silla y unas tablas para colocar mis cosas. Al lado pusieron un pequeño lavadero con dos canecas de agua, de metro y medio de alto, y en la parte de atrás, un chonto y un hueco para botar la basura. Después de haber compartido sitios estrechos y oscuros, esta caleta se me antojó una verdadera suite con baño propio. Lo primero que hice fue arreglarlo y colocar mis cosas. Las tablas que me habían puesto para que durmiera eran anchas, de manera que era como una cama king size.

Tenía delimitado un espacio para caminar y para tender la ropa al sol. No me permitían acercarme al economato, ni adonde estaban las gallinas y los cerdos. Había un guardia encargado de cuidar los animales y no dejaba que nadie entrara ahí. Por la noche, la guardiana era una guerrillera, que se ubicaba a cinco metros de mi caleta; cada vez que necesitaba ir al chonto tenía que pedirle permiso. Además, había otras tres guerrilleras que se encargaban de mí: la enfermera, que venía diariamente a eso de las seis de la tarde para ver si estaba bien o si necesitaba algo; la mujer que hacia las cuatro de la tarde revisaba las canecas para que yo siempre tuviera agua disponible, y la que se encargaba de traerme la comida. De las tres guardo un buen recuerdo, porque sé que se preocuparon por mí de corazón y trataron de atenderme lo mejor que pudieron. Ellas se limitaban a hacer lo que les correspondía, pero tenían una actitud amable, sin llegar a ser melosas, lo cual era perfecto para mí.

No tardé en establecer mi nueva rutina: me levantaba a eso de las cuatro de la mañana, iba al baño, me lavaba los dientes, prendía una vela. Me habían dado una bolsa entera de ellas, que hice durar lo más que pude. Barría el lugar y dejaba todo en orden, justo cuando empezaba a amanecer, momento en que me gustaba rezar el rosario. En esa época estaba otra vez sin radio, así que no podía escuchar noticias, algo que extrañaba mucho. Antes de las seis me traían un termo con agua hervida, para que preparara mi tinto con leche en polvo. Cada semana me daban una bolsa de pan y me comía uno cada mañana. Luego descansaba hasta las ocho, volvía a rezar un rosario, caminaba como media hora, lavaba mi ropa y me aseaba.



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